Más allá de Platero

Hace poco terminé El temor de un hombre sabio, libro de género fantástico y de aventuras. Kvothe, su protagonista, tiene que pasar un período de aprendizaje en un pueblo distinto al suyo. Chico listo, habilidoso y astuto desarrolla un mecanismo mental para acercarse a la manera de actuar correctamente según esa comunidad. Este mecanismo, que él mismo denomina la hoja que gira, consiste en relajar la cabeza y dejarse llevar sin las ataduras de la prudencia, la vergüenza o la lógica.

No se trata de algo extraño. Tal vez —así me lo imagino yo—, es una sensación parecida a la que experimentamos con una copa de más. La diferencia es que, lejos de cometer las imprudencias típicas de un sábado noche, Kvothe logra con la hoja que gira estar a la altura de lo que esperan sus maestros.

Me parecía, leyendo los últimos poemas de Juan Ramón Jiménez, que el autor moguereño hace algo parecido. Me refiero, por ejemplo, a “En mi tercero mar” incluido en Animal de fondo. O a Espacio, donde reina el caos, el sinsentido: el autor goza de libertad discursiva total a la hora de explorar su propia conciencia.

Es esta la culminación de un proceso de creación que había empezado con una poesía sencilla y que pasa por los tópicos del Modernismo; el poeta es dueño de su creación y de las cosas todas. Además, se sabe dueño de su propia conciencia y denota superioridad con respecto a su vida, a su poética y a su obrar: «¿Quién sabe más que yo, quién, qué hombre o qué dios, puede, ha podido, podrá decirme a mí qué es mi vida y mi muerte, qué no es?».

Diario de un poeta recién casado supone un punto de inflexión en este proceso. La crítica ha apuntado que el regreso a Madrid tras la estancia en su Moguer natal, el conocimiento de Zenobia y el influjo de Ortega y Gasset marcan este cambio de rumbo en su poesía.

Para JRJ las cosas son, existen, cuando el hombre las mira y las nombra. Manifiesta un impulso de dotar de plenitud a todo, así como a su mejor yo. «Hoy te he mirado lentamente,/ y te has ido elevando hasta tu nombre» (versos en “Cielo”). Siguiendo este camino, con su aspiración a la totalidad llegará en Eternidades al “nombre exacto de las cosas”. El mundo será lo que diga el poeta.

Quizá sea el mar la metáfora más repetida en este libro. Encuentra don Juan Ramón en ella la imagen idónea para reflejar su propia conciencia: móvil-inmóvil, eterna-finita; el despertar de un yo que siempre había estado en él y que, sin embargo, descubre (o re-descubre). Se trata de una intuición para con las cosas y para con la vida, una intuición metafísica de lo absoluto. Por otra parte, el mar es también alegoría de esa influencia orteguiana de la que hablábamos. Se ve muy claro en “¡El mar acierta!”. En este texto, Juan Ramón habla de vivir por primera vez una experiencia sublime frente algo que ya conocíamos y que vemos con nuevos ojos. «Hoy el mar ha acertado, y nos ofrece una visión, mayor de él que la que teníamos de antemano, mayor que él hasta hoy. Hoy le conozco y le sobreconozco».

En relación con la hoja que gira de la que hablaba arriba, en algunos poemas emplea un lenguaje onírico que aparentemente carece de alguna cohesión y que, no obstante, logra transmitir bien el aire de los barrios bajos de Nueva York. Se deja llevar por esa espontaneidad regulada sobre la que había teorizado. Así, en Diario de un poeta recién casado vemos cómo se va acercando a esa poesía desnuda del final de su obra. Persigue la sencillez del verso como quien busca una mirada virgen, ingenua. «¿Sencillo?/ Las palabras/ verdaderas».

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