Que sean muchos más

Han apagado las luces. Todos hemos dejado de hablar. Estoy nervioso, pese a que con los años haya aprendido a disimular mi timidez. Alguien empieza y todos siguen el canto. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Mi hermana pequeña se acerca llevando el pastel con mucho cuidado, orgullosa de que le hayan encargado tan importante tarea. Nada de bizcocho ni de chocolate. Es una tarta de limón, mi preferida. Mamá siempre atenta a los detalles.

Ser el centro de atención me está poniendo un poco tenso. Observo el pastel mientras terminan de cantar. El fuego me parece algo cautivador. Tal vez, las velas se usen en los cumpleaños simplemente como metáfora. La vida se consume tan rápido. Casi tanto como el número 30 de color rojo que tengo delante. Y siempre lo será y siempre lo será. Sonrío ante la hipocresía de esa canción. Un capullo excelente, deberían cantar.

Cuando me dispongo, por fin, a soplar y a terminar con esto de ser el protagonista, alguien grita «¡Espera! Tienes que pedir un deseo». Sonrío de nuevo. ¿Qué voy a pedir? Un trabajo que me dé un sueldo mejor, llevo demasiado estancado. Qué superficial. No, otra cosa. Proponerle matrimonio y que me diga que sí, ya tenemos edad. No, no estoy preparado. Aún no. Pediré que papá se cure. Es absurdo: los médicos nos han dicho muy claro que no hay esperanza.

Cojo aire, cierro los ojos y le pido a la vida un poco de paz. De esa paz que sentía de pequeño cuando en verano hacíamos volar cometas con papá. O cuando marcaba un gol en el patio del colegio. O cuando mamá me arropaba y me daba un beso de buenas noches que parecía borrar cualquier disgusto. Mientras aplauden, quisiera gritarles que detrás de la coraza de chico vanidoso y satisfecho, hay un niñato infeliz. Que apenas me he alejado del vividor inmaduro de los años de universidad, solo que ahora lo escondo mejor.

Mierda, todavía no ha terminado la comedia. Ahora los regalos. Paula nota mi impaciencia y me coge de la mano. El apretón no me libra del trance pero me reconforta. La miro con cariño. Sé que me va a regalar una bici. Llevo tiempo quejándome de la mía. Que está desfasada, que pesa demasiado, que todos mis amigos tienen una mejor. Y ella lleva un par de meses haciéndome preguntas. Con el asunto de que los hombres somos más simples, se habrá pensado que no me doy cuenta si de repente, al pasar por una tienda de deportes, se interesa sobre los cambios o sobre el freno de carbono. Sigue tan ingenua como cuando nos conocimos. Qué rápido han pasado estos cuatro años.

Papá y mamá me dan una cajita cuadrada. Como de costumbre, muy bien envuelta y acompañada de una tarjeta. Un reloj maravilloso. Supongo que para compensar la tragedia que ocurrió con el que me regalon a los dieciocho. Bendita adolescencia. Lo vendí y dije muy triste en casa que me lo habían robado. Usé el dinero para un fin de semana con la primera chica con la que salí un poco en serio. Fuimos a la Costa Brava. «Ahora ya no tienes excusa para llegar tarde» —bromea tío Juan. Tan ocurrente como siempre.

Una antología poética de Rubén Darío. Ante tantos ojos pendientes de mí, siento vergüenza: solo al abuelo le he confesado cómo disfruto con la poesía y solo a él he dejado leer mis patéticas composiciones. Me gusta la dedicatoria. Corta, concisa, concreta. «Siente el orgullo de quién sabe encontrar en esto la fuerza para seguir adelante». Le doy un beso mientras rezo por llegar a su edad con la misma salud y la misma energía.

El resto son regalos por compromiso. Una cámara de fotos, un par de camisas, una corbata, unos gemelos, ropa de ciclismo, una cena para dos en no sé qué restaurante caro. Nada que me haga especial ilusión, pero doy gracias de que me haya gustado todo. Nunca he sabido fingir cara de agrado y es algo que me sabe muy mal.

Por fin se dispersa la gente. Se sube la música y empiezan a servir copas. Me voy relajando e intento mantener la sonrisa y la compostura. Sin embargo, me invade cierta sensación de desasosiego. Me había imaginado que con treinta años tendría una vida asentada, tranquila, feliz. A pesar de las canas que empiezan a asomar, todavía me veo pequeño y al mismo tiempo sé que no lo soy. Esto de cumplir años da vértigo.

 

Un comentario en “Que sean muchos más

  1. Carmen dice:

    Estás poniendo mucho empeño y dedicación para cumplir esta meta, Felicidades!! Y como decía Aristóteles, somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, por tanto, no es un acto sino un hábito. Adelante

    Le gusta a 1 persona

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