Primer apellido

Crecí sabiendo que mi abuelo paterno era originario de Ávila y mi abuela, de Palos de la Frontera. Mi padre nació en Sevilla y vivió en Mahón desde los dos años. Era así y, desde mi corta visión anacrónica, nunca se me ocurrió pensar el porqué, ni cómo debieron ser tales traslados. Tampoco pregunté. Siempre me ha gustado mucho saber sobre la vida de los demás. Sin embargo, no hay nada que odie tanto como que se entrometan en la mía. De esta forma, muy pocas veces me tomo el gusto de indagar más allá de lo que uno quiera contarme. Los niños se adaptan y normalizan lo que ven. El abuelo de Mahón, así lo llamamos siempre, vivía en Mahón con A. (mujer en segundas nupcias) y apenas lo vi durante mi infancia. Nos llamábamos por teléfono, eso sí, para Navidad, santos y cumpleaños. Ni nosotros ni él demasiado habladores, esas llamadas se convirtieron —lo escribo con pena— en un trámite por el que había que pasar.

Hace unos meses fui a un bar español de vinos naturales. Está en la otra punta de Londres y llegar supuso varios transbordos. Al pedir la selección de quesos, oh sorpresa, me valió la pena la travesía: había queso de Mahón, que no tomaba desde hacía años. Proust lo escribe mejor, pero el sabor que te devuelve a la infancia es un sabor feliz. De vez en cuando, llegaba a casa un paquete del abuelo cargado de sobrasadas, carnixues, un queso grande y una caja de amargos (esas pastas de almendra típicas de Menorca). Lo abríamos con ilusión y siempre había muchas ganas en la primera cena de pan con tomate y embutidos. No obstante, al cabo de las semanas, la novedad desaparecía y comía con desgana el bocadillo del recreo si era otra vez de sobrasada, queso o carnixua. Desde estos lares desamparados, este recuerdo me resulta grotesco. ¡Qué daría ahora por recibir uno de esos paquetes!

A los once o doce años fui a Mahón con mis padres a pasar un puente. No logro comprender, me lo he reprochado a menudo, cómo las únicas imágenes que guardo son del barco y del hotel —quedarme en un hotel me pareció un lujo. A veces consigo evocar muy vagamente el salón del pequeño apartamento del abuelo o la puerta de la iglesia a la que fuimos el domingo a misa; el sentimiento de no saber qué decir o qué hacer, el peso por el desembolso que ese viaje suponía en casa. Eso es todo. Nada más. Tampoco hay fotos de esos días que logren rescatar, rascar, alguna memoria que me librara de la culpa del olvido.

Después de morir A., el abuelo se fue a Huelva, donde viven tía R. y tío M. Fui a visitarlos en verano. Me conmueve recordar el reencuentro. «Pero, B., qué crecida y qué guapa». No cabía en su gozo al verme. Y me preguntaba por mis hermanos y mi madre. Aunque estaba bastante bien, era ya muy mayor. Se dejaba cuidar como un niño chico y como un niño chico necesitaba horarios marcados que le ordenaran los días. Al terminar de comer, bebía una copita de vino, como quien toma un jarabe, porque el médico había comentado que una copa de tinto en las comidas era buena para el corazón. Miraba, con ojos vivos, sin decir mucho —sin decir apenas nada, mejor— cómo correteaban sus bisnietos, cómo hablábamos los demás.

Recuerdo con mucho cariño el verano de 2016: tuve varias semanas de vacaciones y visité a P. y a A. en Asturias, el Valladolid de Delibes, fui a Salamanca a ver a A. y a F. recién casados y puede pasar una semana en Huelva. El abuelo estaba desgastado —noventa y nueve años no pasan en balde para nadie— y papá se esmeraba con esperanza para mantenerle activo. Poco hice durante esos días: ni podía ayudar demasiado ni quería atosigarlo sin parar de hablar. Visto en perspectiva, seguramente que le explicara de mí, de mis aspiraciones, de mi vida, de mis hermanos, aunque fuera en exceso, es lo que más gusto le hubiera dado. Él hablaba muy poco (abulense, como el Pedro de La sombra del ciprés es alargada, quizá el silencio casi místico de la ciudad también se le metieron en el alma nada más nacer). Un mediodía, después de comer, todavía sentados en la mesa mientras papá recogía los platos en la cocina, le tomé de la mano y él, con la mirada en el infinito empezó a hablar: «Nos dijeron que allí había pan y allí nos fuimos —no contiene la sonrisa— y llegamos y pan no había nada —ríe—, pero qué buenas eran sus gentes. Sí, muy buenas». Otro día, cuando se estaba acostando, cansado, hizo que papá me llamara: «B., que el abuelo no te ha dado hoy un beso de buenas noches». Aquella muestra inesperada de afecto me encogió el corazón. Fui con la idea de que, tal vez, al día siguiente no fuera a despertar. Despertó y pudimos esa semana dar paseos por la ría, la calle mayor, el mercado. Él iba en silla de ruedas y a mí me gustaba llevarla, como si el esfuerzo expiara los años pasados.

Al octubre siguiente, el viernes día 7, el abuelo de Mahón falleció.

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