El alma en el ruedo

«Uno cree que es desgraciado porque tiene que pelear sin descanso en su arte o su oficio y espera cándidamente que el día que tenga dinero será feliz descansando mano sobre mano; pero la verdad es que hay muy pocos hombres capaces de resignarse a ese bienestar burgués, que consiste en ver girar el sol sobre nuestras cabezas, bien comidos y bien descansados».

Cada vez que descubro algo nuevo –un restaurante, una canción, un artista, un truco de cocina; algo de lo que nadie me había hablado antes ni sobre lo que creía haber leído nunca nada–, me topo de repente con ello en todas partes, poniendo primero en duda la heroicidad del descubrimiento para terminar dando paso a una lección de humildad: no tienes ni idea de nada. Algo así me pasó con Juan Belmonte.

Hace unos meses, el Instituto Cervantes organizó un homenaje a Chaves Nogales en el cementerio de North Sheen, donde está enterrado en una tumba sin lápida. Era abierto al público y por eso fui, aunque el hecho de que fuera un miércoles por la mañana reducía las posibilidades de asistir a mucha gente. Así que me encontré un poco perdida entre escritores, periodistas y familiares del homenajeado. La mujer de mi lado, muy amable, me preguntó de dónde era y a qué me dedicaba. Al devolverle las preguntas, me contó que era escritora y que estaba allí porque era la bisnieta de Belmonte. «¡Anda! ¿De verdad?» –dije mostrando admiración y asombro mientras me preguntaba por dentro quién narices sería Belmonte. Lo descubrí luego, cuando salieron las reseñas del acto. Presento mis disculpas al mundo taurino porque por lo visto es considerado padre del toreo moderno. La única vez que acudí a una plaza fue hace muchos años. Estaba pasando unos días en Huelva, en casa de mis tíos. Eran las fiestas Colombinas y mis primos me invitaron a una corrida (del cartel sólo recuerdo a Manzanares: me pareció muy guapo). Uno de ellos, gran aficionado, me iba explicando un poco los pasos, los procedimientos. No creo que me hubiera hecho falta esa primera vez para poder apreciar el espectáculo. Es difícil acertar en describir el sentimiento. Supongo que es similar a lo que pueda decir un inexperto en música sobre Chopin o un aficionado sobre un cuadro de Velázquez. Puedes sentir —es universal— la belleza, lo sublime, pero no sabes bien por qué. Quizá era por los movimientos precisos y suaves. O por el toro imponente dominado por el matador. Tal vez eran los trajes de luces, hermosísimos. O el abrazo del público, el ambiente festivo, la pulcritud en el torero y en la misma plaza. Pese a que me gustó mucho, nunca se ha presentado la oportunidad de repetir. Ya habrá días.

El acto en aquel cementerio de Richmond fue emotivo. «Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria», así empieza el primer capítulo de A sangre y fuego, que se leyó medio interrumpido por los aviones que sobrevolaban Londres con tanto descaro en esa mañana fría de noviembre. Me quedé con las ganas de leerlo entero. Al terminar, entablé conversación con el nieto del periodista y su mujer, una inglesa enamorada de España con un acento marcado pese al buen uso de la gramática, y con un humor más andaluz que de Mánchester, de donde creo recordar era originaria.

El caso es que desde entonces estuvo en mi lista de libros pendientes leer algo de Chaves Nogales. Mi intención era A sangre y fuego. La primera sugerencia de la página en la que busqué, sin embargo, fue Juan Belmonte, matador de toros. Así que, recordando a la bisnieta, decidí ir a por él. Y bendita elección: es un libro delicioso. Un relato cinematográfico muy ligero. Cautiva desde la página uno porque no se entretiene demasiado al contar las anécdotas ni al ofrecer datos. Chaves y Belmonte se habían conocido poco antes de que el periodista entrevistara al torero para escribir su biografía. Tenía la sensación, mientras iba leyendo, que escuchaba de extranjis la conversación de la mesa de al lado en la que están sentados dos amigos recientes, de ese tipo de amistad que regala, por algún motivo, la sensación de conocerse de toda la vida. Juan Belmonte explica sin pretensiones cómo el toreo empezó en su vida de forma natural –no porque perteneciera a casta de matadores, sino porque desde muy pequeño jugaba con los niños del barrio a ese oficio, con sillas, chiquillos o perros. Cuenta, como si fuera algo esperable, cómo de adolescentes cruzaban el río en mitad de las noches más cerradas para ir a encontrarse, a escondidas, con un toro en la dehesa y usar la chaqueta a modo de capota, tratando de no ser vistos por la Guardia Civil. El toreo llegó de forma natural para quedarse y convertirse en el eje de su desarrollo profesional y personal. Y, claro, el manejo del lenguaje de Chaves convierte la lectura en una experiencia muy placentera. Además, la personalidad arrolladora del torero, que ni peca de falsa humildad ni es arrogante en ningún momento, atrapa al lector hasta el punto de que todo lo que cuenta se hace interesante, incluso si no tienes ni idea sobre tauromaquia o aunque no te atraiga siquiera el tema. Por otra parte, el retrato en segundo plano de la España de la Segunda República sirve un poco para asomarse a aquellos tiempos convulsos de nuestro país.

Decía L. el otro día que Juan Belmonte, matador de toros es lo único salvable de Chaves Nogales. No lo sé. Yo no he leído otro. Sea como fuere, este es, desde luego, un libro para disfrutar.

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