Postal desde Hampstead Heath

El hambre empieza a apretar y justo hemos llegado a la cima de la colina. Mañana se marcha C. de Londres después de cinco años viviendo aquí y, como si le forzaran a llevarse un buen recuerdo, hace un sol espléndido. Parliament Hill ofrece unas vistas fantásticas de la ciudad. La última vez que estuve era invierno, llovía y la niebla apenas dejaba intuir las ramas de los árboles de enfrente. Hoy no hay una sola nube. En contrapartida, está atestado de gente. Descartada pues la contemplación pausada, echamos sólo una mirada rápida, tomamos la foto de cortesía y seguimos caminando en busca del sitio perfecto –llano, algo lejos del camino, que toque el sol, que haya sombra. El espacio es amplio, así que nos instalamos entre un grupo y otro. Se nota que no tenemos la ciudadanía británica porque no hemos traído una picnic blanket. Nos sentamos sobre las sudaderas y sacamos la comida, que tampoco traemos en cesta. Más: hemos olvidado el hummus con zanahoria, los tomates cherry y el Pimm’s. Llevamos muchos meses sin pisar suelo patrio: hemos optado, bendita sea, únicamente por platos mediterráneos. Podríamos haber pensado en un termo de café, sobre todo con los tiempos que corren en los que encontrar un bar abierto es aventurarse demasiado. Vemos, no obstante, un restaurante que atienden para llevar y nos dejan muy amablemente usar los baños. La camarera enseguida nota que A. y yo somos españolas y se interesa por nuestras ciudades. Las conoce casi mejor que nosotras. También ha estado varias veces en Florencia, de donde es C.: un amigo suyo estudió allí. Rumana, con rasgos que parecen más griegos o italianos, muy guapa. Sueña con vivir en Málaga, donde una prima suya le asegura que ahora hay mucho trabajo. A. le anima a perseguir sus ilusiones y mudarse pronto a la Costa del Sol, convencida como está de que no hay mejor país que el nuestro.

Después del obligado café –a pesar de que no era una maravilla, es la mejor manera, la única, de cerrar una comida–, volvemos admiradas de nuevo por seguir en la capital. Además de los lagos y estanques salpicados de cisnes y patitos de cuello verde, vemos unas piscinas naturales (femenina, masculina y mixta); están cerradas este verano. Hoy no nos topamos con la pérgola –es un lugar cargado de romanticismo: seguro que Bécquer hubiera podido ambientar ahí alguna de sus leyendas. En Hampstead Heath está Kendwood House, una gran casa del siglo XVII convertida en museo y que me han recomendado en varias ocasiones visitar. No la vemos. Siempre marcho de este parque con la sensación de una experiencia incompleta, como si el llegarlo a conocer se reservara sólo a los vecinos, que pueden acudir a diario. Hay planos, claro. Sin embargo, se me hace contradictorio haber de andar mirando dónde ir o qué camino tener que tomar cuando una va con la idea de vagar y desprenderse de destinos, mapas y relojes durante un rato largo. Otra vez será.

Dejamos atrás el parque para dar un paseo por las calles de alrededor. Se distingue fácilmente a los vecinos de los domingueros: los primeros han dejado la mochila en casa y caminan sin admirar las esquinas, algunos con una barra de pan o el periódico y la mayoría con el perro. Las casas son maravillosas. Quizá lo que más cautiva del barrio es el ambiente de aldea: tranquilo, familiar, distancias razonables a pie. Recuerdo que L. vive por allí y siento algo de envidia –sana, supongo, pero envidia al fin y al cabo. Los celos durarán lo que dure el paseo. Después, de vuelta a casa, me daré cuenta satisfecha de que prefiero la zona donde vivo.

En Hampstead hay muchas de esas plaquitas redondas de color azul con letras de relieve blancas: “Fulanito lived here”. Tienen su gracia: cuando el personaje te suena, es agradable poder imaginar que paseaba por esa calle por la que pisas ahora, que quizá iba a airearse a tal parque, que esa era su estación cercana. Me divierte también jugar a las conjeturas. Allí vive un hombre soltero maniático que pone el temporizador porque son exactamente dos minutos y dieciséis segundos lo que necesita el pan para ofrecer la tostada perfecta. Enfrente, una familia con gemelos recién nacidos, los padres con ojeras hasta el ombligo y cajas sin deshacer de la última mudanza. Allá, una artista extravagante que sigue las fases lunares para marcar el ritmo de su producción. Hampstead es tierra de famosos. No vemos a ninguno y eso que andamos al acecho. Me dejaría bastante indiferente cruzarme a Liam Gallagher, pero a mi hermano le haría ilusión que le contara la casualidad. El que haya coches caros ni siquiera nos llama ya la atención: estamos acostumbradas a verlos desde que vivimos en esta ciudad, donde la obsesión automovilística es mayor de lo que pueda ser en mi Barcelona o en su Madrid.

Aunque al cabo de los meses siempre me arrepiento de no haber sacado más, hago pocas fotos. Los motivos son claros. El primero es que llevo mal parecer turista e intento actuar allá donde voy como si esas piedras fueran mías; una bobada de la que no consigo deshacerme. Lo segundo es que las hago mal. Antes lo achacaba a tener un móvil viejo, ahora que acabo de cambiarlo resulta obvio mi mal manejo de las cámaras. A P. le preguntan a menudo qué tipo de cámara usa o si ha optado por tal o cual lente. Son halagadores esos comentarios cuando nunca has hecho un curso de fotografía y el móvil es tu único instrumento. Tiene gusto para seleccionar los rincones y buen ojo para saberlos enmarcar; eso es todo.

Hay otros parques que nos quedan bastante más a mano. Y no es que no tengan encanto, por supuesto. Hampstead Heath es puro campo, sin rasgos de jardín urbano, algo asalvajado, no tan concurrido: un regalo. Lo añado a la lista interminable de porqués para cuando me pregunten, una vez más, qué es lo que me enamora de Londres.

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