Un espejo de hojalata

De la abuela Juanita sé muy poco. Le gustaba cantar y era una mujer alegre. Como muchas de su generación, era una excelente cocinera y una gran costurera. En una ocasión, la tía R. lloraba porque habían sacrificado el conejito blanco que habían estado criando y de quien se había encariñado. El drama se terminó cuando su madre le cosió con la piel unos bonitos manguitos para calentarse las manos. La abuela Juanita murió joven, antes de que papá y mamá se casaran. Nunca se me ocurrió pensar en lo difícil que tiene que ser perder una madre a los treinta. En el salón siempre hubo una foto suya en un marquito de plata. Lleva una americana de tweed y tiene la misma sonrisa que tía R. De pequeña, pensaba que esos ojos que miran tan cariñosos eran su ventana del cielo para observarnos de cerca. Además del retrato, también había un espejo grande colgado: el marco de hojalata con flores moldeadas lo había hecho ella. Mi infancia no está atada a un lugar concreto: nos mudamos muchas veces. Reconstruyo esos espacios gracias a los objetos que nunca han cambiado —el canterano, la mesa ovalada, la mesita de tres patas, el cuadro de Gonzalo, la fotografía del torero, el espejo plateado—. En la última mudanza, todos querían desprenderse de él y yo me empeñé en guardarlo y colgarlo en mi habitación, aunque el estilo no concordara nada. Además del vínculo con la abuela que no conocí, ese espejo es para mí sinónimo de hogar.

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