Cocina de una expatriada

i el seu gustet determinat, 
perquè la truita és un gran plat
 que fet així o fet aixà 
sempre ens encanta el paladar. (Martí i Pol)

Aunque mamá es una gran cocinera, la tortilla de patata es el plato estrella de papá. A mí me resultaba algo complicadísimo eso de dar la vuelta, y no me atrevía a probarlo. ¡Si es muy fácil! Bueno. Todo es sencillo para el que sabe. Hace algunos años, recién independizada, probé suerte. Como no tenía patatas, decidí experimentar con boniatos. ¿Cortar en rodajas finas de anchura similar? ¿Para qué, si puedes cortar en taquitos de cualquier tamaño? Tener que freír a fuego lento era bastante engorroso: más rápido y limpio es hervir. Tras ese estrepitoso fracaso, no quise volver a aventurarme. Desterré la tortilla de patata a las visitas a casa o a los restaurantes españoles. Al cabo del tiempo, no obstante, la tonta espinita seguía ahí. Está claro que no hay que tirar la toalla a la primera porque salió bien ya la segunda vez.

Hay una cosa común entre los que cocinamos mal: cocinamos lento. Hoy tenía la tarde libre. A mediodía, me he acercado al supermercado. Cualquiera que me viera seleccionado las patatas o la cebolla, se preguntaría qué tipo de receta me esperaba para que las cogiera con tanta cautela. Me decanto por los huevos de corral y orgánicos. Los que tienen el paladar educado —no es mi caso— encuentran gran diferencia.

Preparo los ingredientes, saco los utensilios. La tabla, el pelador, el cuchillo (el único que corta), el bol grande de cristal. Pelo las patatas y las sumerjo en agua para que suelten el almidón. No tengo ni idea de por qué se hace eso, pero no soy quién para saltarme pasos. Consulto el móvil. Pienso en la generación de nuestras madres que sin internet y sin haber crecido pegadas a los fogones como nuestras abuelas, tenían que cocinar a fuerza de consultar libros o asistir a clases de cocina. ¡Qué valor! Pico la cebolla. A los ingleses les sorprende que este sea debate nacional. Hasta hace unos meses, no soportaba el tacto ni me gustaba el sabor. He sucumbido, sin embargo, a los gustos ajenos. Me hubiera sorprendido si entonces me hubieran contado que no sólo voy a comerla, sino a cocinarla. Es más, ¡la he comprado yo!  Siento un poco como la madurez va cayendo sobre mis hombros inevitablemente. La echo a la sartén con aceite a fuego muy bajo. Voy cortando las patatas. A papá le salen todas iguales, tendrá que ver con su formación profesional. A mí no hay dos que se parezcan; consigo por lo menos que sean finas. Mientras se van haciendo, aprovecho para limpiar los cacharros. Cuelo el aceite. Bato los huevos. Dejo reposar un cuarto de hora (el gran truco). Es la hora de la verdad. Sartén caliente, plato para dar la vuelta. ¡Lista!

Ha quedado muy bien de aspecto. A veces, es traicionera: un pequeño error marca la diferencia. Puedes haberte pasado de sal o quedarte corta, quizá ha quedado demasiado cuajada o la cebolla no estaba tierna. Además, es terreno pantanoso. Como las croquetas, todos sentimos preferencia por la tortilla de casa o por la de aquel bar de tapas de nuestra ciudad.

 Miro expectante cuando P. la corta y espero el veredicto con cautela.

¡Está perfecta!

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