Días en Salamanca

Madrid estaba envuelto en una niebla densa. Creí que llegaba a Chamartín sobrada de tiempo: cambié de impresión al ver la cola que rodeaba la estación y me asusté un poco, no fuera que surgieran más imprevistos todavía. Al final no fue para tanto. Un policía pedía uno a uno justificante. Me ha tocado asiento en una de las mesas y, si bien antes me molestaba por tener que estar con otros tres, ahora veo una ventaja el poder apoyar cómodamente las cosas. Delante de mí va una salmantina que vive en Barcelona porque está haciendo la residencia. Ha vuelto con su novio; ella sigue viviendo en el mismo piso con los mismos compañeros desde que llegó para empezar la universidad y está muy contenta. Con la pandemia, hace medio año que no va a casa, antes iba por lo menos una vez al mes. En tren, claro, porque, aunque no siempre haya directo y sea más caro que el avión a Valladolid, el engorro del aeropuerto no le compensa nada. Se lo cuenta a la chica sentada en el asiento de atrás, una amiga del colegio con la que hace tiempo que no coincidía y, pese a que repiten unas cuantas veces que hay que quedar más, probablemente no vuelvan a verse si no es de casualidad. En cuanto arranca el tren, se termina la conversación (gracias a Dios).

A. me espera en la estación, hace mucho frío. Al bajar del coche, salen a saludarnos alegres los perros. Me sigue sorprendiendo lo oscura que es la noche en el campo y la infinidad de estrellas que se ven. El cuarto en el que siempre me quedo está preparado. Me entretengo un poco mirando los libros de la estantería que no han cambiado y que hablan de la historia de la habitación. Un popurrí de antiguos y nuevos, de las tres generaciones que han pasado los veranos allí. Cuentos, Enid Blyton, clásicos, espirituales, Harry Potter, Cincuenta sombras, libros sobre la ciudad, comics. Bajo a la cocina con papá. Estoy cansada del día y es tarde, también estoy hambrienta. Leo un poco antes de dormirme con el placer de sentir el calor de la cama mientras se va apagando la calefacción. Dudo si ponerme el despertador, pero sé que aquí no hace falta y pocas cosas hay mejores que poder evitar la tortura del asaltasueños. El silencio solo interrumpido por los pajaritos al abrir la ventana al despertar, el sol bajo colándose entre los abetos altos del jardín, el campo solitario y extenso que se ve, el olor a limpio; todo da paz y augura un día bonito.

Voy con A. y la pequeña al centro a hacer unas compras. Salamanca es verdaderamente una ciudad hermosa. Por la tarde, llegan los de Soria y A. empieza a preparar la cena mientras C. enciende la chimenea. Suenan villancicos. Jugamos con A.A., que está divertidísima y muy charlatana. Haber nacido el cinco de enero genera cierta confusión: a veces dice que se ha de portar bien porque va a venir su cumpleaños y, si es buena, le traerá regalos. La mañana del 25, como todas las de aquí, empieza —menos mal— tardía. El salón se ha llenado de regalos que no son sino una forma de mostrarnos cariño, no por el gasto, que también, sino por la dedicación a pensar qué puede hacerle ilusión al otro y el tiempo en encontrar lo que mejor se ajuste y envolverlo bonito. A.A. está como loca con el Arca de Noé. No sabe quién fue Noé, sí le fascina el barco y todos los animales. El otro regalo estrella ha sido el papel de burbujas que envolvía uno de los juguetes: “¡esto me ha encantado!” —ha exclamado contenta. Aunque era ya mediodía, desayunamos chocolate con churros. Luego, damos un paseo por el campo muy abrigados porque el aire es helado. Me gusta siempre pararme donde se ve mejor el Tormes, tan abundante. ¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal rüido, / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido! A una no le extraña que fuera este preciso lugar el que inspirara a fray Luis de León. Qué paz, de nuevo. La comida, como ayer la cena, ha sido exquisita. A. es un gran cocinero. F. me enseña a tejer y se nos va el rato con las agujas y la lana, parece mentira lo adictiva que se torna una actividad manual llevada a cabo por gusto. Cuando llegamos a la iglesia donde queríamos ir a misa de ocho, nos damos cuenta de que el horario estaba mal en la página web. Aprovechando que estamos en el centro y a pesar del frío que acartona la piel, damos una vuelta. Por suerte, algunas iglesias conservan la práctica de repicar las campanas antes de la misa y así no nos quedamos sin el día de Navidad.

Se marchan los de Soria, yo me quedo unos días más. En esta casa, durante las vacaciones, va todo con unas horas de retraso en relación a lo habitual. Se acuestan tarde, se levantan tarde, comen tarde, cenan tarde. El reloj pasa a un segundo plano y a mí —y que se lleven las manos a la cabeza los gurús del hábito y del orden— me da una enorme paz mental. Las horas pasan plenas, tranquilas, felices. Paseamos por el campo (A.A. me enseña el huerto de su papá o, como dice ella, de mi hermanito, el agujero de Alicia, la flor del hada, la casa del ratoncito), jugamos al escondite, con el arca de Noé, a las cocinitas, leemos cuentos. Hemos hecho galletas de jengibre con formas navideñas. También hemos visto Peter Pan y La Bella y la Bestia; comprobamos que nos seguimos sabiendo los diálogos de memoria: las películas antiguas de Disney son, claro, mejores en su versión doblada, la de nuestra infancia, con ese dejo de español sudamericano. F. y yo avanzamos en nuestro tejer. Por la noche, con A., veo por primera vez El Señor de los anillos, una cada día. Para mi sorpresa, después de haberme mantenido durante tantos años reacia a querer acercarme al mundo Tolkien, me gustan y me animan, más que las recomendaciones escuchadas, a leer los libros.

Me apena mucho tenerme que marchar de este pedacito de cielo, pero A.A., racional como de costumbre, me explica que no tardaré en volver: en abril nace su hermanita y tendré que venir a conocerla. Que así sea.

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