Prosa cotidiana: hacer la compra

Ir al supermercado es una de las emocionantes actividades que ofrece el confinamiento. Estas semanas suelo ir a uno grande, aunque –o tal vez sea porque– está a media hora a pie. De las tareas de la casa, hacer la compra es de las que menos me gustan, así que intento tomármelo con filosofía e ir en ratos en los que no tenga que andar contra reloj. El camino cruza calles de casas adosadas salpicadas con algún que otro jardín. También paso por delante de un par de pequeñas iglesias neogóticas de finales del siglo XIX: una, de piedra gris –tienen colgado en la verja un póster anunciando clases de esgrima– y la otra, para mi gusto más hermosa, de ladrillo. Son anglicanas, por lo que invitan al transeúnte católico a recitar un credo que, a pesar de que lo recen igual en su misa, parece la oración que mejor recalca la verdad sobre la Iglesia: una, santa, católica y apostólica.

Me ha llamado hoy la atención un edificio al que nunca antes había hecho caso. Es raro, porque se ve algo majestuoso entre el resto de los de esa calle. Lo cierto es que es la primera vez que me fijo. Le saco un par de fotos con la intención de buscar en internet información sobre él cuando llegue a casa. Me decepcionará no encontrar nada más que anuncios inmobiliarios, pero podré contemplar con mayor atención el hierro forjado de los balcones de los cuatro pisos de vivienda, el blanco que elegantiza el ladrillo visto, la balaustrada de la azotea que sugiere fiestas veraniegas, la entrada –una bonita puerta negra, con su rendija y su correspondiente ‘letters’ enmarcada en un porche con arco de medio punto apoyado en unas columnas de aire clásico, los capiteles discretos.

Al llegar al supermercado, me doy cuenta de que he olvidado la lista. ¡Por una vez que se me ocurre hacerla en papel y no en el móvil! Me da rabia: estaba hecha a conciencia, tras haber diseñado cuidadosamente los menús de la semana. En fin, todos los problemas fueran ese. Las cestas son metálicas; me recuerdan, porque hace mucho que no las veo en Barcelona, a cuando acompañaba a mamá a por cuatro cosas y sentía cierta importancia por encargarme de llevarla. Empiezo por la fruta y la verdura: después de los excesos navideños, me obsesiona y me apetece –¿tendrá que ver con hacerse mayor? – incrementar su consumo. Una buena parte procede de España y entre los tomates patrios y los marroquíes, está claro cuáles escojo. Han sustituido las bolsas de plástico para las piezas a peso por unas de papel reciclado; continúan, eso sí, abundando los paquetes: duele incluso a los no ecolonazis este atentado contra el medioambiente, porque qué necesidad habrá de empaquetar los plátanos o de plastificar un calabacín.

Está bien que haya opciones; a la vez, facilitaría que no hubiera tantas variedades de cada: por ejemplo, cuento, sin exagerar, treinta y ocho mantequillas o margarinas distintas. No sé si el tiempo que pierdo calculando qué sale mejor de precio de todo lo que compro compensa los céntimos que ahorro. No es sencillo, sin embargo, desprenderse de aquel look after the pennies and the pounds will look after themselves. Agradezco en silencio, mientras recorro los largos pasillos, la fiebre por la distancia social que elimina las antaño frecuentes intrusiones en el espacio vital. Siento la misantropía. Me entretengo en la sección de hogar mirando tazas, platos y fundas de nórdico que no necesito y que, además, en caso de necesitarlos, no compraría en el supermercado. Como es la última sección, quizá sea un acto inconsciente para retrasar el momento temido. La caja. Suena ridículo reconocerlo: es algo estresante ir colocando bien las cosas en las bolsas de tela que traigo como buena ciudadana de casa. La cajera en el mejor de los casos ofrece una sonrisa escéptica mientras el siguiente en la cola clava su mirada nerviosa e impaciente en la lentitud con la que muevo mis manos. Al marcharme, acompaño el agradecimiento con un que tenga un buen día mientras me asalta la duda de si le sonará a guasa a la pobre que pasa sus horas acompasándolas de bip-bip-bips y de más clientes groseros que amables.

Todavía falta guardar las cosas –armario, nevera, congelador– cuando llegue. De camino, pienso añorada en los días anteriores a independizarme, cuando la comida estaba siempre disponible mágicamente en la cocina, y me pregunto, claro, en cómo tiene que ser una compra semanal para una familia. Bueno, ya cruzaremos ese puente si viene. Compruebo lo que había anotado en la lista. Tengo, sí, algunas cosas, otras más imprescindibles, no. Moraleja: la próxima vez mejor apoyarse en el móvil.

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