Primera parada: Pimlico, Victoria, Westminster Cathedral

El recorrido, que iba a estar espaciado en varias semanas, lo empecé yendo a la catedral de Westminster. Me pareció que era un buen punto de partida. Es un edificio que sorprende al que lo visita por primera vez y que despierta sentimientos muy definidos: o fascina o parece un horror.

Hace tiempo leí que había dos proyectos favoritos cuando sacaron el concurso para construir la nueva catedral y ganó este de estilo neobizantino frente a un neogótico más estándar que, aunque era muy bonito, no le hubiera dado la imprenta de carácter que tiene hoy. A muchos de los ingleses que conozco no les gusta ir por el obispo, pero yo creo que la catedral no deja de ser catedral y sirve de recordatorio: la Iglesia es una.

Voy caminando. Me llama la atención, nunca me había fijado, en el cambio que se produce cuando dejas Chelsea y te vas adentrando en Pimlico. Es una zona más o menos codiciada; no lo debía ser hace algunas décadas porque de las casas grandes y señoriales se pasa a otras más sencillas, de formas mucho más simples, de materiales más baratos, bajitas, que hoy tienen, no obstante, bastante encanto. Me topo con el mercado, farmers market, de los sábados por la mañana. Sin ser demasiado grande, parece suficiente para los lugareños, que llegan con familiaridad y cierto aire de rutina, con las cestas de mimbre o las bolsitas de tela, y recorren las paradas sin ninguna prisa pero sin entretenerse de más. Los vendedores no son dicharacheros como suelen serlo en los mercadillos de España; se ve una evidente diferencia en el ánimo de los hijos que atienden con la desgana de cumplir con algo que ni les va ni les viene, y los dueños que se desviven en cada venta, sabiendo que todas cuentan. Como no volvía directa a casa, no quería comprar. Me detengo inevitablemente en la parada de quesos. Tienen una pinta tremenda y el señor, tendrá unos setenta años, me explica muy amablemente los tipos. Compro uno y más tarde comprobaré que estaba tan bueno como parecía.

Las calles de las casas bajitas de ladrillo marrón, sencillas, por las que llegas desde Chelsea contrastan con el resto del barrio, que nació como extensión a Belgravia (una de las áreas más caras), donde se alzan casas blancas estilo regencia con jardines privados en el centro de las plazas. En una de esas estaba el piso de M. y X., que tenía una azotea con vistas al Big Ben y a la London Eye y que servía de centro de reuniones –tardes, copas, películas, cumpleaños– para un buen grupo de expatriados cuando llegué a Londres. También en Pimlico vivía C.: allí me quedé el día antes de correr la media y allí, con P., cenamos y probé por primera vez comida tailandesa (se convertiría en una de mis favoritas) un día que se nos hizo tarde rememorando los tiempos del colegio y analizando los rumbos tan distintos que aquellas niñas que entonces parecíamos tan similares habíamos ido tomando.

Llego a la carretera que lleva a Victoria, normalmente atestada de tráfico y hoy, como sigue todo cerrado por covid, casi vacía. Paso por delante del lugar donde alquilamos el coche cuando fuimos a Somerset con C. y E. Hará un par de años, aunque parecen muchos más. Esto me hace pensar en el concepto de tiempo –su no existencia, la mentira del continuo temporal– del que últimamente habla convencido L. apoyándose además en Cervantes y en las Confesiones. También le gusta, claro, citar a Cela: «esta precisa exactitud en la medida del tiempo funciona en extensión, sí, pero no en intensidad, ya que no es el mismo el minuto del enamorado que el del condenado a muerte». 

Cuando voy por aquí, suelo ir con prisas y me había pasado desapercibido el edificio de la estación de autobuses, una gran masa blanca art deco. Es imponente y me resulta bastante feo. También lo es la extensión de la estación de tren, todo de cristal y hormigón; el edificio principal es más bonito. Pienso en mi sobrina recién nacida que lleva el mismo nombre –enseguida caigo que tiene poco de particular y que con ese nombre hay un millar de edificios, calles y monumentos ingleses.

En la planta baja de uno de los edificios nuevos –altos, de cristal, ¡modernos!– está el Shake Shack al que fuimos con A. el día antes de que regresara a México y donde conocimos a su novio tras haber seguido de cerca todo el cortejo previo. Me vienen memorias del piso de Hammersmith. Agradezco la suerte que tuvimos de encajar tan bien las tres y me pierdo en ensoñaciones sobre dónde podría ser el reencuentro, una vez se vuelva a poner más fácil viajar.

Llego justo al empezar la misa –aprovecho para dejar en el altar el final, julio, los comienzos, la familia. Comparado como estaba antes de la pandemia, está muy vacía, a pesar de que sigue habiendo bastante gente. La mayoría no son ingleses y eso que no hay turistas. No es, realmente, un hecho raro en esta ciudad, en la que abundan, abundamos, los extranjeros. Me fijo en el techo negro preguntándome cuánto quedará para recaudar fondos suficientes y terminarlo y que deje de parecer quemado. Las capillas laterales que están acabadas son preciosas, con mosaicos y dorados.

El paseo continúa por Belgravia y Knightsbridge, pero lo dejamos para el próximo día.

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