La familia, el tiempo y la felicidad

Cuando tía A. cumplió cincuenta años y mamá nos pidió que le escribiéramos una felicitación para un regalo especial, señalé que uno de los recuerdos más dulces de mi infancia eran las tardes disfrazándonos con su ropa jugando a ser mayores en casa de los abuelos. He pensado en esas líneas estos días en Sant Cugat en los que han coincidido por primera vez mis cuatro sobrinas y en los que nos hemos reunido, después de mucho, más de tres hermanos al mismo tiempo. Mamá estaba emocionada con el acontecimiento y había preparado todo con gran ilusión, pendiente de que todos estuviéramos a gusto. Yo me vi de golpe –mientras se ponían vestidos de princesa, tacones y coronas– al otro lado del escenario: ya no como nieta, como sobrina, sino como hija, como tía. Y puede parecer, me lo parece cuando lo escribo, algo tan obvio que resulte absurdo señalar. Sin embargo, con esa observación evidente, en ese verme mayor ante los ojos de mis sobrinas como yo siempre he visto a mis tíos y padres, me pregunté si no fui injusta con ellos al no lograr comprender o no querer aceptar que tuvieran días grises. Y caí en la cuenta de que los adultos no son, no somos, seres que han alcanzado –como me parecía de niña– una especie de perfección sólo turbada en ocasiones de enfado, sino que experimentan igualmente miedos e inseguridades, momentos de bajón, decepciones y fracasos, y que lo único que parece cambiar con el paso de las primaveras es la experiencia para manejar mejor esas emociones, sin que nunca lleguen a desaparecer. Llegaba a la conclusión de que hay que forzar la caridad para con todos, también con los que están por encima y que, además, hay que ser clementes con nosotros mismos.

El día antes de partir, lo guardé para ir a despedirme de la iaia y aprovechar un último baño en la playa. Me gusta mucho estar mano a mano con ella, pero que se fueran uniendo otros y que al final se convirtiera en una comida en la mesa grande y una merienda con prácticamente la familia completa como hacía tanto que no sucedía fue para bien.

La iaia observaba, contenta, el barullo restaurado que la pandemia había arrebatado y no dejó de estar atenta a que a nadie le faltara nada. Si B. no ha repetido paella, si J. quiere más ensalada, si L. está tomando horchata que le encanta, si hay que traer más fartons de la cocina, si ya es la hora de los pasteles para los cumpleañeros. Es asombroso cómo gestiona y todo lo que hace a su edad, como si esta no fuera excusa para dejar que sean otros los que sirvan. Se reía, feliz y agradecida, cuando cogió en brazos a la recién nacida y comentábamos con asombro los noventa años que se llevan de diferencia.

Con las niñas correteando –jugando a ratos al escondite, al pillapilla o hacer cosquillas a algún mayor–, volví a pensar en ese pasar de la vida y en que no hace tanto éramos A. y yo las que nos colábamos debajo de la mesa creyéndonos que nadie nos había visto. Observaba a I., ahora tío abuelo, meciendo a V. exactamente de la misma forma –el recuerdo es muy nítido– con la que mecía a las primas pequeñas hace diez años, o a M. –ya es más difuminado– hace veinte. Y me sorprendía hablando de tú a tú con Q., al que hacía mucho que no veía y del que mantenía su imagen de adolescente endeble y de pose rebelde, ahora alto y fuerte, tan servicial y cariñoso como era de niño, o con M., que es de una transparencia envidiable, aunque a veces den ganas de pedirle que se reserve al contar algunos asuntos con tanto detalle.

La casa de los abuelos la he concebido siempre como un lugar abierto a todos, en el que cualquier día cabe una silla más en la mesa, en el que nunca falta qué hacer, con quién jugar o hablar. Un lugar, en fin, de encuentro de las diferentes familias, donde pausar el ajetreo diario, en el que estar en paz apartando durante un rato problemas y preocupaciones. Hay algo raro y a la vez hermoso en esa expansión, en que ahora esa casa sea la mía familiar y la otra, la de mis abuelos, se haya convertido en la de la bisabuela. Hace unas semanas alguien compartía en Twitter el fragmento de un libro que comenzaba «La familia es una forma de felicidad testada». Y es así, a pesar de todos los peros.

2 comentarios en “La familia, el tiempo y la felicidad

  1. Larista Ways dice:

    ¡Qué preciosidad de crónica! Cuánto cuentas en tan pocas líneas. Es como si hubiera estado ahí. Y en tus observaciones, sobre todo sobre los cambios de prisma por la edad, me he identificado tanto. Cumplir años sin olvidar quiénes fuimos y quiénes vamos siendo en función de cómo le bailamos y le cantamos a la melodía de la vida. Una melodía que a la vez es tan conocida como imprevisible.

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