Retrato de cualquiera

Los sábados se olvidaba del despertador, pero nunca amanecía más tarde de las nueve y media. No se levantaba enseguida: disfrutaba como nadie de esa pequeña concesión a la pereza. Además, ese día no había dormido demasiado bien. Cenó de más. El restaurante fue un acierto. Había comido allí de adolescente, mucho antes de mudarse. Esta vez llegó temprano para tener tiempo de tomar un vino en la barra y digerir el ataque de nostalgia antes de que llegaran los demás. Habían reformado el suelo: desterraron los tablones de madera vieja para poner unas baldosas cerámicas de color neutro, a su gusto, horribles. Las lámparas eran las mismas; sin ser bonitas, daban al lugar una belleza encandiladora. Tampoco había cambiado la rudeza de los camareros, que parecía, como entonces, que los altos precios no fueran suficiente para reclamar un poco de amabilidad. Quién iba a decirle a aquel chaval que al cabo de los años estaría viviendo en aquella ciudad, disfrutando del dulce triunfo del poder y del dinero ganados con su profesión, que tanto amaba. Con el último trago, antes de pedir una segunda copa, sacudió la cabeza para expulsar los pensamientos que cuestionaban esa aparente felicidad que había labrado a costa de, quizá, demasiado.

Todavía en la cama, cogió el móvil para leer los titulares y alguna columna que le llamara la atención. Remoloneó un poco más repasando qué tenía que hacer hoy. Habría que pensar en ponerse en marcha. Todos los días, con la misma parsimonia, empezaba la rutina inalterable: se incorporaba, se frotaba los ojos, se ponía las gafas, las zapatillas de cuero. Ya de pie, mirándose en el espejo, se ponía el batín que había comprado de rebajas al inicio del invierno pasado en una tienda cara. Le agradaba ese aspecto de lord inglés que le hacía aparentar algunos años de más pero que le otorgaba un atractivo incuestionable.

Ayer Miguel había llamado unas horas antes para cambiar la reserva. Su mujer andaba recelosa y se empeñaba en ir a la cena con él. Claro, no hay problema. -aunque de buena gana le hubiera dicho que qué fastidio. No es que Miriam fuera especialmente molesta, pero esa forma tan femenina de querer estar en todas las salsas… En fin, nada que el buen vino no pudiera solventar. Como ya no iba a ser reunión de machos, le dijo a Carmen que se uniera. Era la primera vez que no salían solos. Temía un poco que su timidez la traicionara hasta hacerla grosera, pero la verdad es que la opinión de Miguel le importaba más bien poco. Al final, resultó ser una velada correcta y, de algún modo, entretenida. Carmen parecía orgullosa de ser su chica y creyó leer cierta satisfacción en su rostro por haber cruzado la línea de conocer a un amigo suyo.

Abrió las ventanas de par en par. Fue a la cocina con pasos todavía pesados. No importaba el día de la semana que fuera o la época del año, siempre desayunaba lo mismo. Ponía agua en un cazo y echaba los huevos cuando rompía a hervir. Le daba inicio al temporizador: cinco minutos y veinte segundos era exactamente lo que tardaban en estar perfectos.

De la nevera cogió el paquete de café en grano. Esa devoción al café parecía todavía más sagrada por ser secreta. Nadie excepto Carmen sabía con qué fidelidad se dirigía cada semana a la pequeña tienda regentada por un matrimonio mayor. Le gustaba que le dedicasen tiempo, que le aconsejaran con el criterio de quien sabe que está vendiendo a alguien conocedor de la materia. Olía con teatralidad -la misma con la que cataba el vino- las diferentes opciones y según el ánimo escogía uno u otro café. Antes de moler los granos, encendió el hervidor y preparó la cafetera. Hacía unos meses había empezado a tomar café de filtro: la preparación tiene un aire de ritual que se pierde con las máquinas. Iba mejorando la práctica. Su último avance había sido mojar el filtro antes de poner el café: sale más limpio, más puro. Mucho más satisfactorio. Desayunaba de pie, sin entretenerse mucho y recogía enseguida. Acostumbraba a comer y a cenar fuera, así que la cocina parecía la de alguien que estuviera de paso. Había algunas latas en escabeche en la despensa y, en la nevera, además del café y los huevos, solía tener algo de carne. En el congelador, a veces tenía pan -aunque en un amago de perder peso, intentaba evitar comprarlo. No le gustaban las grandes cadenas de supermercados. Prefería comprar en tiendas de productos cercanos y de gran calidad, donde además la atención al cliente suele ser muy cuidada.

Cuando había visitado por primera vez aquel apartamento, al contrario de lo que hubiera pensado la mayoría, el tamaño de la cocina le había parecido mal. Era, a su juicio, demasiado grande y se desaprovechaba así un espacio que se podría haber destinado al lavabo o al cuarto de estar. A pesar de que al principio se mostró reacio a cerrar un trato, la urgencia por dejar finalmente la habitación de hotel tuvo más peso. Cuando había visitado por primera vez aquel apartamento, Margarita todavía estaba con él.

Para arreglarse siempre se ponía música. Las estanterías del cuarto de baño parecían el escaparate de una tienda de cosméticos. Estaban repletas de colonias, cremas y productos para el pelo perfectamente ordenados. Pasaron varias semanas hasta que la señora María aprendió que el orden de los botecitos no era casual y que no hacía falta desordenarlos cuando limpiaba.

Ya vestido, se sentó frente al ordenador para trabajar un rato.

Había quedado para comer con un tipo que no soportaba, pero con quien le interesaba mantener el trato. Cuando eso ocurría, sabía escoger un lugar especial que no fuera demasiado caro. De esta forma, el invitado se sentía alagado por la elección sin que supusiera un gran desembolso económico. Era un experto en cautela, capaz de no contradecir a casi nadie sin parecer un blando. Las anécdotas de viajes, la opinión de tantos restaurantes y las referencias a diferentes autores salvan muchas conversaciones: con esos temas conseguía parecer cercano sin llegar nunca a exponer su opinión.

En el taxi, se acordaba de los veranos en la finca. Hacía ya -qué rápido pasa- dos años y medio que no iba. El verano pasado tendría que haber ido. Fue una estupidez lo de Costa Rica. Hubiera comido mejor. Y esa paz. Y los paseos entre las encinas. Los aperitivos sencillos en la piscina. Hablar con el señor Jesús. Envidio la sencillez de la gente del campo; todos los días tan similares y siempre satisfechos. Sin estas grandes recepciones y compromisos. Sin tanta tontería con querer estar a la altura. Tarde o temprano terminaré por irme a vivir allí, lejos de todo y de todos. El único lugar donde podría ser feliz, donde reencontrar la paz de la infancia. Mi particular paraíso perdido, mi rinconcito de…

– Veintitrés con cincuenta, señor. ¿Señor?

– Ah, sí, claro. Perdone. ¿Cuánto?

– Veintitrés con cincuenta.

– Tome. Quédese la vuelta.

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