Salamanca. El otoño: poesía y memento mori

Agosto duró tanto como poco han durado septiembre y octubre. “Con octubre muere en Vetusta el buen tiempo” y muere igualmente en Salamanca, donde hasta ahora ha aguantado fuerte el sol durante el día y sólo desde ayer se ha hecho necesario sacar el abrigo. Que no suene a queja: soy del equipo que prefiere el invierno al verano, los jerséis a las sandalias, la chimenea a la piscina; recibo con gusto la llegada del frío. Las luces de navidad ya instaladas parecen un discreto recordatorio sobre lo poco que queda de año. Comienza a asomar, todavía tímido, el ronroneo acerca de los propósitos y metas cumplidos, de aquellos que quedarán por cumplir. Tal vez lo potencie que noviembre sea el mes dedicado a los fieles difuntos y por ello una invitación a recordar lo evidente: memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris.

Me resulta gracioso ver con qué naturalidad se han llenado los escaparates de calabazas, telarañas, murciélagos, fantasmas y cuervos, y cómo los niños se han disfrazado de zombis, brujas, catrinas o vampiros esta última semana. Quizá no, porque mi concepción del tiempo es cada vez más difusa, pero creo que hace un lustro, todavía no se había extendido tanto en España la celebración del Halloween contemporáneo. El empuje consumista que hay detrás de esta invasión pone a menudo en tela de juicio que esta costumbre se adopte aquí. Sin embargo, la cantinela de que cualquier ocasión es buena para celebrar termina siendo suficiente para hacerla nuestra. Al mismo tiempo, resulta algo cansino el debate moral que se origina alrededor de estas fechas. Sin haber indagado mucho, no me da la sensación de que sea otra cosa que un pseudocarnaval con temática de terror. Yo recuerdo con cariño el día de la Castañada en el colegio. Preparábamos panellets y a última hora íbamos al patio porque llegaba la castañera a repartir castañas y boniatos mientras cantábamos la canción pertinente –quan ve el temps de collir castanyes / la castanyera, la castanyera / ven castanyes de la muntanya / a la plaça de la ciutat… La sencillez de la fiesta no menguaba nuestra emoción. Que prefiera esa tradición local desprovista de complejidad no quita que me haya sumado feliz al plan familiar de esta tarde. Mis sobrinas tienen los disfraces a punto, vamos a tallar algunas de las calabazas que dio el huerto de mi hermano, mi cuñada tiene preparada una cena especial y después veremos una película de miedo (o de susto, como dice la pequeña A).  

En fin. En realidad venía a hablar de lo rápido que han pasado estos dos últimos meses, de cómo el inicio de curso devuelve a Salamanca la personalidad que la caracteriza. No es que en agosto sea una ciudad muerta, el bullicio no cesa nunca, pero sí es una ciudad sin alma. Los lugareños están de vacaciones, los estudiantes no han llegado y las universidades están cerradas.  El centro se hace poco paseable por los grupos de turistas que llegan en autocar de otros lugares de la península y caminan de monumento en monumento tras un guía con paraguas que refleja más vocación por la comedia que por la historia o el arte. Hacia la Virgen de la Vega, la patrona, y la fiesta mayor, todo parece volver a su ser. Es en este trajín cotidiano donde más relucen las piedras areniscas de Villamayor. Y con ellas, claro, la huella de tantos que recorrieron estas calles y que nos hubiera encantado conocer.

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