¿Música? Ni idea

Yo agradezco mucho no tener ni idea de música. Creo que me agobiaría andar escandalizándome por lo que escucha ese o aquel, juzgando con desdén a uno que comparte no sé qué horrible canción; me sentiría enojada por lo que suena al entrar en una tienda de ropa o frustrada con lo que ponen en un bar.

Además, habría de acogerme a algún criterio a la hora de ponerme los cascos. Puede que me fuera necesario crearme una cuenta en Spotify o incluso puede que me decantara por sentenciar que nada como los vinilos. Me vería en situación de analizar los álbumes completos, me preocuparía por lo nuevo o por lo antiguo y andaría calificando melodías y letras, comparándolas con otras y seguramente encontrando grandes tratados de filosofía detrás. Imagino que caería en el equipo de los que piensan con firmeza que ya no se hace música como antes, que ya no existen letras de amor de verdad. Habría de subirme a la tribuna de clamar con grandes aspavientos contra el reguetón, el pop facilón o incluso me llevaría las manos a la cabeza cuando alguien insinuara que el folk rock patrio actual no está mal.

Es seguro que por no entender de música estoy perdiéndome un millón de matices que, de apreciarlos, disfrutaría mucho más de la belleza de este elevado arte. Pero nada. El único discernimiento que hay detrás del popurrí de mi historial de youtube es “me gusta” / “no me gusta”.

A pesar de que carezco del juicio necesario para calibrar si una canción es buena o no lo es, intuyo la calidad según si eleva el espíritu más o menos. No se me ocurre, aunque los escuche en igual medida, poner en el mismo nivel a Mozart que a Bad Bunny. Eso no quita, le pese a quien le pese, que me guste lo que hace el puertorriqueño. Escuchar gregoriano me produce una paz enorme, que empuja a mi alma a elevar la mirada al cielo. Las canciones en catalán son siempre un abrazo, y en el calor de esas palabras que me resultan tan dulces encuentro un sosiego muy grato. Vuelvo a menudo al pop español de principios del 2000, tan hogar por muchos años que ya vayan pasando. Escucho con orgullo patriótico el novio de la muerte justo antes de pasar a la crítica social de un rap de Nach. Me tranquiliza Handel y también lo hace un disco antiguo de Manel. Disfruto con varias canciones de Dua Lipa tanto como con algunas de J Balvin o de Flashy Ice Cream. Ni siquiera me molestan las canciones chorra que saca últimamente Rosalía y de oírlas en Ig ya se me hacen familiares. Puede que el único “artista” que no tolere sea c tangana, pero es porque me cae muy mal. Así son los criterios que gasto.

La parte buena de este drama es que de verdad me importa muy poco la música y, por lo tanto, es fácil que me desprenda de mis preferencias y abrace las del otro. Si no, a ver a que tradcat le cuelo mi reguetón y mi pop folk en catalán.

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